Ribeira Sacra, un viaje a través de la bruma, por Dionisio Pérez Sanz, Periodista y viajero

Ribeira Sacra, un viaje a través de la bruma, por Dionisio Pérez Sanz, Periodista y viajero

En este rincón de la Galicia profunda nos esperan excursiones en catamarán por el Sil, monasterios románicos, pequeñas ermitas y valles escondidos

Se la conoce como Ribeira Sacra porque desde tiempo inmemorial fue destino de eremitas y anacoretas, unos personajes a los que el diccionario define como aquellos que “eligen profesar una vida solitaria y ascética, sin contacto permanente con la sociedad”. En otras palabras, eran una especie de “monjes distantes”, unos tipos enemistados con el mundo urbano. Habían encontrado en estos valles de clima templado el lugar idóneo para sus rezos y penitencias; buscaban silencio, recogimiento y espiritualidad en lo más profundo del bosque, perdidos en la espesura, en mitad de parajes frondosos y de difícil acceso, casi impenetrables.

Y no es de extrañar, porque cuando el viajero recorre en esta época del año la frontera entre Lugo y Orense la naturaleza se le muestra con unos rasgos formidables. Conforme se va acercando a ese río mítico que es el Sil la carretera desciende y se ondula, atravesando bancales de viñedos de la variedad de uva mencía. Luego progresa entre bosques tupidos en donde abundan pinos, abedules, alcornoques, robles, madroños y toda una variedad arbórea que se extiende casi hasta el borde del agua. Pero además, al final del otoño y en invierno, la profundidad de estos barrancos y la humedad del terreno hacen que la niebla se espese como un mar de algodón impenetrable que lo abarca todo.

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MEIGAS Y LEYENDAS

En ese descenso a la Galicia de siempre, a esa tierra de leyendas y meigas, surge, al igual que un barco sale de la bruma, el imponente monasterio benedictino de Santo Estevo de Ribas de Sil, monumento histórico-artístico desde 1923 y verdadera referencia de la arquitectura monástica gallega. Convertido hoy en uno de los grandes destinos de la red nacional de Paradores, el lugar se remonta al siglo VI, cuando estas tierras comenzaron a poblarse de cenobios.

Según los libros de historia, el origen de tanto ascetismo tiene como referente a Prisciliano, el herético obispo de Ávila -aunque gallego de nacimiento-, que fue el primer sentenciado a muerte acusado de herejía y decapitado en nombre de la Iglesia Católica. El caso es que debido a su legado, el tramo medio del Miño y el final del Sil vivieron primero la llegada de numerosos ermitaños alérgicos al bullicio, que más tarde se convertirían en comunidades de eremitas, algo a lo que contribuyó el clima mediterráneo del lugar y también los ríos, que posibilitaban la comunicación y el alimento. Con la llegada de los musulmanes la zona fue abandonada y no se recuperó hasta que aparecieron por aquí los benedictinos. La Ribeira Sacra alcanzaría su mayor esplendor entre los siglos X y XIII, una época en la que se fundaron monasterios uno detrás de otro y los monjes se dedicaron a cultivar una tierra hasta ese momento en barbecho.

Después llegarían la desamortización y el olvido, pero de muchos de aquellos enclaves nos quedan sus iglesias, salvadas en su mayor parte al convertirse en parroquias. Hoy del origen incierto de Santo Estevo apenas queda rastro, ya que fue en el año 921 cuando nueve obispos cambiaron su estatus placentero por una vida más ascética en estos valles. Entre ellos había obispos con patronímicos realmente insólitos, como Froalengo, Isaura, Viliulfo o Vimarasio -algunas de las habitaciones del parador han heredado sus nombres- pero el caso es que sus sepulturas sirvieron como lugar de culto y peregrinación durante la Edad Media, pues se les atribuyeron cantidad de hechos milagrosos. Y aquí entra en juego la leyenda popular: supuestamente los nueve anillos episcopales -depositados durante décadas y décadas en un cofre de plata- atesoraban propiedades portentosas; en otras palabras, si los ciegos los tocaban recuperaban la vista, si los tullidos lo hacían volvían a andar, y si algún endemoniado se situaba frente a ellos entraba en trance y regresaba a la cordura devota.

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CLAUSTRO DE LOS OBISPOS

Quizás por todo ello en el 1220 decidió erigirse el denominado claustro de los Obispos, uno de los tres con los que cuenta el monasterio, un grandioso conjunto románico con 44 arcos sostenidos por columnas gemelas y coronado por una crestería gótica, que vino a sustituir a una cubierta de madera. Las posteriores transformaciones llevadas a cabo en el siglo XVI traerían la construcción del pequeño claustro de planta cuadrada situado en el hastial sur de los Obispos, y del denominado claustro de Portería, de planta rectangular y con tres cuerpos, una obra renacentista, que presenta una de las mayores dimensiones de toda Galicia. Tanto uno como otro llevan la firma del maestro de cantería Diego de Isla. Empotrado en el primer piso del gran claustro renacentista se descubrió un interesante altar pétreo de estilo románico, trabajado por ambos lados, en una de cuyas caras se representa a Jesús acompañado de sus discípulos.

EN CATAMARÁN

Pero ha salido el sol y el día presenta una nueva claridad, lo que invita al viajero a salir al exterior para disfrutar de la naturaleza. Y una excelente forma de hacerlo es subirse a unos de los modernos catamaranes de dos pisos que recorren el Sil desde los embarcaderos de Chancis y Doade. Sobre un fondo pedregoso, el serpenteante cauce del río y las paredes que lo rodean albergan una extensa gama arbórea y una gran riqueza faunística, con abundancia de halcones perdiceros, águilas y azores, garzas, cormoranes, ánades o marines pescadores que sobrevuelan sobre las cabezas de sus colegas de cuatro patas, es decir, zorros, jabalíes, e incluso lobos procedentes de la cercana sierra de San Mamede. Si en lugar de embarcarnos escogemos una ruta terrestre no faltarán miradores desde los que contemplar magníficas estampas de la Ribeira Sacra. En Parada do Sil los bosques de castaños se alternan con los miradores naturales que cuelgan sobre las imponentes simas de granito; aquí se encuentran los balcones de Mouros, Cabezoas o de Madrid -llamado así porque muchos habitantes de la región marcharon a la capital en busca de trabajo-, desde los que se obtiene una imagen impactante de los casi 500 metros de caída vertical sobre este afluente del Miño.

SAN PEDRO DE ROCAS

Para los amantes de la arquitectura y el arte religioso la comarca es, como ya sabemos, una verdadera mina, con 18 monasterios, ermitas e iglesias románicas. Por ejemplo, la iglesia rupestre de San Pedro de Rocas, del siglo VI, sorprende al viajero con su aureola de misterio; perdida en medio de un enclave sombrío, húmedo y tenebroso, puede llegar a provocar incluso hasta escalofríos. Está excavada, como su nombre indica, en roca viva, y sus primitivas capillas, todavía intactas, están comunicadas entre sí. En este enigmático cenobio se pueden contemplar varias tumbas antropomorfas altomedivales. En Parada do Sil se encuentra el monasterio de Santa Cristina, visible desde el catamarán, ya que se asienta sobre uno de los acantilados asomados el río. También de origen eremítico, fue fundado por los monjes benedictinos en el siglo IX y su iglesia es una delicada construcción románica que luce un hermoso rosetón en su fachada. También es de destacar su torre campanario que se levanta sobre el claustro y está coronada con almenillas a modo de fortaleza. No hay que dejar de visitar en nuestra excursión por estas tierras del interior gallego el monasterio de Montederramo, del primer tercio del siglo XII, en cuyo documento fundacional -escrito por la reina Teresa de Portugal, en Allariz- se habla por primera vez de esta región como Rivoyra Sacrata. Además de disfrutar de la gastronomía de la región, no estaría de más que el viajero se hiciese con unas cuantas botellas de la Rebeira Sacra. Los mismos monjes que en la Edad Media levantaron cenobios por todas partes, también plantaron los viñedos de la uva mencía, tan características estas tierras y que confiere un sabor fresco y afrutado a un excelente vino con denominación de origen propia.

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Autor: Dionisio Pérez Sanz. Periodista y viajero


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